domingo, 24 de abril de 2011

Final de la Copa del Rey: Real Madrid 1-Barcelona 0 (20-04-2011)


Creo que no hay mejor resumen de lo acontecido en Mestalla el pasado miércoles que el realizado por Mourinho poco después de concluir el encuentro. La primera mitad fue del Madrid, la segunda del Barça y en la prórroga, como suele ocurrir en todas las prórrogas, el primero que marcó acabó llevándose el partido. Poco más se puede decir.
El Madrid volvió a salir al campo sin ningún complejo de inferioridad ni miedo de ningún tipo y con muchas ganas de demostrar que este equipo, a pesar de su juventud e inexperiencia en cuanto a grandes finales se refiere, está más que preparado para empezar a ganar títulos. Esta desmedida ambición se tradujo en un dominio apabullante del equipo blanco durante toda la primera mitad del encuentro. El entrenador luso continuó jugándose el ser o no ser con Pepe en el centro del campo e incorporando a Özil de titular como principal novedad respecto del derbi del sábado anterior. Muchas fueron las ocasiones de peligro que crearon los merengues, pero el gol, al igual que cuatro días antes en el Bernabéu, continuaba siéndoles esquivo.
En la segunda mitad, el cansancio comenzó a hacer mella entre los de Mourinho, que se vio obligado a sustituir antes de tiempo a un agotado Özil. El bajón del equipo blanco fue aprovechado por los culés, que dominaron completamente la segunda mitad hasta el minuto 40, en que el Madrid sacó fuerzas de flaqueza para crear algo de peligro, generando una clarísima ocasión de gol de las botas de Kaká. No obstante, la cosa volvió a acabar en tablas, esta vez sin goles.
Después vino la conjura de los dos eternos rivales, cuyos jugadores hicieron piña alrededor de sus respectivos técnicos, antes del comienzo de la prórroga, para fijar la estrategia de los últimos 30 minutos de partido, mientras algunos futbolistas eran tratados por los fisios para paliar los dolorosos efectos de los calambres propios de estos largos e intensos partidos.
Comenzó la prórroga y el Madrid volvió a recuperar el dominio de la situación, creando más ocasiones que un Barça que ya comenzaba a pensar en quién tiraría los penaltis decisivos. No obstante, el peligro no terminaba de materializarse, hasta que un cabezazo de Cristiano Ronaldo, tras un pase magistral de Di María, casi al final de la primera mitad de la prórroga sentenció el encuentro.

Los de Guardiola, estupefactos ante el inesperado cambio de guión, intentaron revertir la situación en los últimos 15 minutos de partido, creando algunas ocasiones de gol que no consiguieron materializar. Muchas prisas, poco tiempo y la decepción de la primera derrota del equipo de Messi en una final.
¿Fue justa la victoria blanca? Puede que no. La igualdad entre ambos equipos quedó más que patente a lo largo de los 120 minutos de juego; pero, para mi gusto, fueron los blancos los que persiguieron con más ahínco la victoria, conscientes de que se encontraban ante la oportunidad más clara para ganar un título esta temporada, de ahí la enorme alegría con la que los merengues celebraron esta cara victoria.
La decepción de los culés, por el contrario, fue mayúscula. Demasiado acostumbrados a la victoria en los últimos tiempos, sus caras reflejaban la desolación más total y absoluta, especialmente en el caso del endiosado Guardiola.

Pero la vida sigue y los calendarios de las diferentes competiciones deportivas no se alteran, por lo que el tiempo para llorar la derrota o celebrar la victoria es mínimo y el próximo miércoles los dos equipos más importantes de este país volverán a verse las caras en un fratricida duelo europeo para decidir cuál de los dos tiene más derecho a estar en la final de la Champions, si el campeón de Copa o el casi seguro campeón de liga.
Esperemos que si los blancos vuelven a alzarse con otro título, Sergio Ramos no lo tire de nuevo por la borda.

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