
He de reconocer que no tenía ninguna fe en que el Madrid fuera capaz de plantarle cara al todopoderoso Barça de Guardiola. La sombra del ridículo del 5-0 en el Camp Nou era alargada y nada indicaba que la historia fuera a ser diferente en casa. Afortunadamente, me equivocaba.
Por primera vez en los últimos cinco años, los jugadores del Madrid saltaron al terreno de juego sin miedo ni complejos de ningún tipo. Convencidos, por fin, de que la mejor defensa es un buen ataque, no se encerraron atrás, sino que adelantaron las líneas y durante una impecable primera mitad anularon completamente al equipo culé. Desgraciadamente, el gol no estaba de parte de los blancos.
En los segundos 45 minutos del encuentro la historia fue muy distinta. Todo lo logrado hasta el momento se vino abajo con un penalti de libro sobre Villa en el minuto 52, con la correspondiente merecida expulsión de Albiol (que encima se perderá la final de Copa), lo que dejó al Madrid con 10 jugadores y por debajo en el marcador después de que Messi, como era de esperar, marcara el penalti.

Aún así, el Madrid no bajó los brazos y continuó peleando hasta el final. Ya con las líneas más retrasadas y con mayores dificultades para llegar hasta la portería azulgrana, el equipo blanco mantuvo el tipo y no dejó demasiadas opciones a un Barça bastante espeso y falto de ideas. Sin el rugir de su público, el equipo de Guardiola pareció conformarse en todo momento con una victoria por la mínima, descartando la posibilidad de una nueva humillación al eterno rival y conformándose con atacar lo justo y necesario para mantener encerrado atrás al equipo de Mourinho.
La falta de ambición de los culés se tradujo en un pequeño adelantamiento de las líneas merengues, que acabó desembocando en el penalti de Alves sobre Marcelo en el minuto 81. Cristiano no perdió la ocasión y consiguió empatar un partido que ya parecía claramente perdido.

Aún así, no quedaba tiempo para mucho más y el Barça seguía superando en número al Real Madrid, después de que Muñiz Fernández no se atreviera a expulsar a Alves, no fuera a ser que los blancos acabaran llevándose el gato al agua y amenazaran el plácido camino hacia un nuevo título de liga para los azulgranas.
Efectivamente, no hubo tiempo para mucho más y el partido terminó con unas tablas que acercan al Barça a un nuevo título liguero y perpetúan la sequía de trofeos en la que el Madrid se halla sumido en los últimos años.
Dicen los medios que, aún así, el empate supone una inyección de moral para los de Mourinho; que, por primera vez en mucho tiempo, no fueron aplastados por el galáctico Barça. También dicen las malas leguas que nada de lo que vimos el sábado es indicativo de lo que veremos esta noche en Valencia, pues ambos equipos saben que en la liga todo el pescado está vendido y que es en la Copa y en la Champions donde se juegan las habichuelas. Yo sigo pensando que la inyección de moral de los merengues es previa al 16 de abril y procede directamente de la posibilidad de ganar dos títulos esta temporada si, por primera vez, los blancos consiguen imponerse al equipo de la ciudad Condal. Dicen que para lograrlo Cristiano tendrá que demostrar que puede ser más decisivo que Messi, lo que se me antoja harto imposible.

Otros dicen que es Mourinho el que deberá demostrar que es más listo que Guardiola, ideando un planteamiento táctico más brillante que el del catalán.

Yo creo que es una cuestión de motivación, fe y ambición y que no ganará el mejor ni el más inteligente, sino quien más luche y crea en la victoria.
En cualquier caso, sólo faltan unas horas para ver si los cohetes suenan en Cibeles o en Canaletas.
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