
No nos engañemos. Digan lo que digan las crónicas, el gran protagonista del encuentro, para bien y para mal, fue Mourinho. "El puto jefe, el puto amo, el que más sabe del mundo", según palabras de Guardiola, no sólo consiguió que el gentleman por excelencia de la ciudad condal perdiera la mesura y la educación que le caracterizan un día antes del partido de ida de las semifinales de la Champions, sino que volvió a revolucionar los cimientos del fútbol, saliendo a defender en casa un empate a cero que, más que beneficioso para el Madrid, daría una clara ventaja al Barcelona en el partido de vuelta.
No me entiendan mal. Admiro profundamente al portugués. Adoro a las personas políticamente incorrectas y él lo es por los cuatro costados, del derecho y del revés, por arriba y por abajo. Además, ha ganado prácticamente todo lo que se puede ganar en el mundo del fútbol (sólo le faltan la liga española y la italiana) y ha conseguido que el Madrid más perdedor de toda la historia vuelva a alzarse con un título. No obstante, me parece una falta de respeto para el público del Bernabéu plantear un partido como el del pasado miércoles.
El Madrid se encerró a cal y canto en su campo y se limitó a dejar que transcurrieran lentamente los minutos. No es que un empate a cero sea un mal resultado, pero había dos claros problemas en la premisa de partida:
1. Por mucho que te encierres, si Messi tiene el día, como así fue, te cose a goles antes de que puedas decir esta boca es mía.
2. Con un empate a cero en la ida, el Madrid necesitaría como mínimo marcar un gol en el Camp Nou para llegar a la final sin tener que recurrir a los penaltis y todos sabemos que al Madrid le cuesta Dios y ayuda acercarse a la portería del Barça cuando los blaugranas juegan en casa.
Teniendo en cuenta estas dos observaciones, a las que habría que añadir que los merengues que pagan por ver jugar a su equipo lo hacen con la vana esperanza de verlo ganar con el mayor número posible de goles, una semana después sigo sin comprender por qué el Madrid salió a defender a muerte un cero a cero que le ponía muy cuesta arriba la eliminatoria.
Lo más sorprendente del caso es que el Madrid, a pesar del abrumador dominio del Barcelona, consiguió aguantar el resultado hasta la expulsión de Pepe.
Sé que los auténticos campeones nunca se escudan en un mal arbitraje para justificar una derrota y yo no voy a hacerlo. El Madrid perdió porque no atacó, porque se encerró atrás desde el primer segundo, porque careció de la ambición necesaria para ganar, porque fue peor que el Barça y porque Cristiano Ronaldo no es Leo Messi. Todo esto es cierto, notorio y palmario. Tanto como el hecho de que la entrada de Pepe a Alves es amarilla, no roja directa. El juego peligroso es amarilla no roja. Lo de si es falta o no, si Pepe toca o no a Alves no está nada claro.
Dicen los aficionados culés que, en cualquier caso, Pepe se merecía la expulsión por guarro. Puede que tengan razón, pero que yo sepa el Reglamento de la FEF, en caso de juego sucio, sólo contempla la tarjeta amarilla por reiteración de pequeñas faltas y tarjeta roja cuando haya dos amarillas. No es el caso. Y Mourinho, ante la manifiesta injusticia, hizo lo único que podía hacer: denunciar lo intolerable. Le costó la expulsión, ¿y qué? Callarse no era una opción. Aguantar estoicamente los "Así, así, así gana el Madrid" cuando el único que recibe ayudas arbitrales partido tras partido es el Barça no es de recibo.
Con Pepe y Mourinho lejos del césped (más el primero, porque el segundo se limitó a sentarse en las gradas), sólo era cuestión de tiempo que el mago Messi agitara su varita para sacarse dos goles de la chistera, dejando casi sentenciada la eliminatoria.
Tras el partido, el protagonismo siguió perteneciendo al "puto jefe, el puto amo", que siguió ganando la Champions que se juega fuera del terreno de juego. Se puede decir más alto, pero no más claro.
¿Qué veremos dentro de un rato en el Camp Nou? Imagino que un Madrid tan asustado como entregado, dispuesto a afrontar su fatídico destino, y un Barça anhelante de hacer leña del árbol caído. ¿Nos ganarán por cuatro o por cinco? No lo sé, ni me importa. Ahora mismo sólo puedo pensar en que el año pasado Mourinho, al frente del Inter, eliminó al Barça de la Champions en el partido de vuelta de las semifinales que, curiosamente, se jugaba en el Camp Nou. El año pasado el portugués no se limitó a hablar fuera del terreno de juego. Aún mantengo la esperanza de que la historia vuelva a repetirse. Puede que me equivoque. O puede que no.
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