
Haciendo honor al título de este recién estrenado blog, comenzaré hablando del eterno segundo de esta temporada baloncestística: el Real Madrid. Tras las supuestamente estelares incorporaciones de Carlos Suárez y Sergio Rodríguez y los más mundanos fichajes de Tucker y Fischer y teniendo en cuenta que el resto de jugadores llevan ya un año a las órdenes de Messina, lo mínimo que se podía esperar del equipo merengue era que estuviera en condiciones, no ya de ganar, sino, al menos, de luchar por la victoria frente a cualquier equipo. Desgraciadamente, la realidad dista mucho de esta enorme utopía y es que el equipo blanco del 2010-2011 es capaz de lo mejor y de lo peor. Imbatible en casa, tanto en liga como en Euroliga, se ha entretenido en perder con equipos más que mediocres cuando se aleja de la Caja Mágica, aunque lo del 30 de diciembre en el Palau blaugrana no tiene nombre.
No es que el Madrid jugara mal, es que simplemente no jugó. Se dirá que Carlos Suárez estuvo fatal, que Sergio Llull no dio pie con bola, que Felipe Reyes se cargó innecesariamente de faltas personales, que Prigioni está acabado, que Tomic es un blandito, que Tucker nunca rinde ante los grandes o que Garbajosa está en un pésimo estado de forma. Yo sigo pensando que la derrota por 20 puntos fue culpa única y exclusivamente de Messina, ese supuesto gurú del baloncesto que no sólo es incapaz de leer los partidos y adaptarse a las vicisitudes que puedan surgir a lo largo del encuentro, sino que, con sus inseguridades y falta de criterio, ha conseguido que ningún jugador del Madrid sepa a qué juega el Madrid.
Los blancos salieron derrotados desde el primer minuto, no porque se sientan inferiores a un equipo presuntamente imbatible, sino porque es imposible ganar cuando nadie cree en los planteamientos técnicos de un entrenador especializado en minar la moral de sus discípulos. Tras el parcial de 7-0 de los primeros dos minutos y pico de juego, cualquier persona medianamente normal habría pedido un tiempo muerto, no para replantear la estrategia de juego, sino para evitar el hundimiento anímico de la plantilla y secar la euforia culé. En lugar de eso, Messina prefirió dejar que continuaran transcurriendo los minutos y no paró el partido hasta el ecuador del primer cuarto, cuando el 11-3 del marcador y las dos faltas de Felipe habían hundido en la miseria a todos los merengues.
Después de eso, más de lo mismo. Cambios erráticos, sin orden ni concierto, pocos tiempos muertos y ni un sólo atisbo de fe en la victoria. Si Tomic no puede con los pívots azulgranas, ¿por qué no dejar más tiempo en pista a Mirotic o por qué no obligar al croata a jugar más lejos del aro, donde realmente puede hacer daño? Si Llull no funciona como escolta y Prigioni no lo hace como base, ¿por qué no probar unos minutos con el menorquín de uno y el argentino en el banquillo? Si Garbajosa demostró estar volviendo a su nivel en el Mundial de Turquía, ¿por qué no dejarle jugar más de 10 0 15 minutos por partido? ¿Y por qué no probar con Vidal, si los demás no están funcionando? Aunque la gran pregunta es la de siempre, ¿por qué este Madrid, a pesar de tener mejores jugadores, tiene menos alma que el de Joan Plaza?
Puede que un buen entrenador no baste para ganar partidos, pero está claro que Messina, al igual que su compatriota Scariolo, se basta y se sobra para perderlos. Y es que se puede perder contra el Barça por 20 puntos o incluso por más, pero no se puede aceptar la derrota sin luchar ni un sólo segundo por la victoria y la misión de todo entrenador que se precie es garantizar la lucha hasta el pitido final. El jueves no se perdió nada porque nunca se inició ninguna batalla y eso dice muy poco de un equipo que debería aspirar con ciertas garantías de éxito a alguno de los títulos en liza.
Aunque supongo que hacer un equipo de baloncesto campeón no es la máxima prioridad de un presidente que jamás se ha dignado a aparecer por la Caja Mágica ni por Vistalegre. Está lejos y no te hacen tantas fotos como en el Bernabéu. Mejor preocuparse de Cristiano Ronaldo y compañía, que también son apisonados por el Barça, pero, al menos, venden un montón de camisetas, protagonizan campañas publicitarias de conocidas firmas de ropa interior y salen con tías de pelo Pantene. Ésos también perderán la liga, pero al menos ganarán en número de titulares. Ganar es superfluo. Vender es lo único que importa.
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