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jueves, 18 de agosto de 2016

Yo vi jugar a esta selección de baloncesto

Ayer España volvió a jugar como un equipo y no como una suma de extraordinarias individualidades, pero, sobre todo, nuestros jugadores se divirtieron (mucho), tanto que casi lloro. Desde que Pepu Hernández fue cesado como seleccionador no había visto nada igual. Hemos tenido la suerte de asistir a muchos partidos brillantes de nuestra selección (también a otros no tan brillantes), pero a ninguno en el que España se (me) gustara tanto como ayer.
 
No me entendáis mal. Sigo pensando que habría que poner a Scariolo de patitas en la calle (¿por qué no deja descansar a Gasol hasta que ganamos de 30 puntos y tiene molestias en el gemelo? ¿por qué no saca a la pista a dos jugadorazos como Calderón y Abrines? y un largo etcétera en el que no tiene sentido entrar ahora), pero si anoche me lo hubiera cruzado por la calle le habría abrazado muy fuerte en agradecimiento por dejar a los jugadores a su aire. Y es que he aquí el quid de la cuestión: yo estaba equivocada, este barco navega solo, sin necesidad de timonel que fije el rumbo. Es absurdo, pero cierto: algunos jugadores saben dirigirse solos.
 
¿Por qué no lo hicieron desde el principio? No lo sé. Puede que, igual que hiciera José Luis Sáez cuando estábamos contra las cuerdas en el Europeo de Polonia de 2011, el nuevo presidente de la FEB haya tenido una amigable charla con el de Brescia para pedirle amablemente que dé más libertad a sus jugadores o puede que éstos se hayan tomado dicha libertad por su cuenta y riesgo. ¿Acaso importan los motivos cuando es tan bueno el resultado? Ojo, que no hablo sólo del marcador final, sino del juego, de la inusitada fluidez de nuestro ataque y la espartana defensa que acabó borrando del mapa a una desconcertada Francia (la cara de Parker lo decía todo).
 
 
 
Y así llegamos al partido de mañana. Otro ser o no ser (¿cuántos van ya?). Al otro lado del ring, los siempre temibles EEUU. ¿Podremos por fin conseguir que muerdan la lona? Sinceramente, no lo sé. En Londres estuvimos a punto de derrotar a una selección americana mucho más temible que la actual (aguantamos tres cuartos y medio, todo un logro), pero el Coco siempre será el Coco y éste me ha provocado ya demasiadas pesadillas como para no tenerle miedo.
 
La cuestión fundamental, no obstante, es qué España veremos mañana: la desnortada de Scariolo o la de los jugones que pasan de su seleccionador. En el primer caso, no tenemos nada que hacer. En el segundo, el cielo es nuestro límite, independientemente de cuál sea el resultado final. Esta irrepetible generación de jugadores se merece un oro olímpico, pero, por desgracia, no siempre existe justicia en este mundo. Podemos ganar o podemos perder, pero lo importante es la forma en que lo hagamos y estoy segura de que nuestros chicos no quieren despedirse de los Juegos de Río de la penosa forma en que ayer lo hizo Francia, sino que lucharán hasta el final para convertir en realidad el sueño que llevan persiguiendo desde hace tanto tiempo. De lo que no me cabe ninguna duda es de que algún día diremos orgullosos a nuestros nietos: Yo vi jugar a esta selección de baloncesto y fue mágico.
 
 

lunes, 15 de agosto de 2016

Recuperar la sonrisa

Hace mucho que no escribo de deportes, pero si París bien vale una misa, Río bien merece una entrada en este abandonado blog. Podría callarme, esperar a ver qué pasa esta noche, pero sería hipócrita, porque, ocurra lo que ocurra, mi reivindicación será idéntica: Jorge Garbajosa, por favor, cesa a Sergio Scariolo y es que en unas horas afrontaremos uno de los momentos más decisivos de la historia del baloncesto español y no quiero que el italiano vuelva a alejarnos de la gloria olímpica.
 
Sé de sobra que mi petición es imposible de poner en práctica, que nadie en su sano juicio cesaría al seleccionador nacional sin haber concluido la competición, pero, a grandes males, grandes remedios, que diría la sabiduría popular.
 
No es la primera vez que nos encontramos en una situación similar a la presente. Curiosamente (o no tan curiosamente) el capitán de aquel barco que se hundía es el mismo que el de este Titanic herido por el iceberg del eterno retorno (nada cambia, todo permanece). Si entráis en Wikipedia y consultáis el palmarés de Scariolo como seleccionador español de baloncesto pensaréis que estoy loca. ¿Cómo puedo pedir el cese de un tío que ha ganado tres Eurobaskets y una medalla de plata en unos Juegos Olímpicos? Mis motivos creo que ya los dejé bastante claros aquí en 2011. Cualquier aficionado que viviera dichos campeonatos sabrá perfectamente de qué hablo y, sobre todo, tendrá claro que los gigantes de la ÑBA ganaron a pesar de Scariolo y no gracias a él (aunque jamás pueda admitirlo públicamente, por suerte, el actual presidente de la FEB ha sufrido en sus carnes al de Brescia, así que supongo que estará de acuerdo conmigo).
 
La cuestión no es pues si hay que cesar a mi querido Sergio, sino cuándo hacerlo y yo opino que, cuanto antes, mejor, aunque ello suponga poner al frente de la nave al actual segundo de a bordo, Txus Vidorreta (sus resultados con el Bilbao Basket lo avalan sobradamente) y ello por dos motivos fundamentales:
 
1) Tanto va el cántaro a la fuente que, algún día, acabará rompiéndose y, si lo hace ahora, héroes como Pau Gasol, Felipe Reyes o Juan Carlos Navarro no sólo se verán privados del oro, sino de la posibilidad de sumar una nueva medalla olímpica (del color que sea) a su extraterrestre currículo deportivo (no nos engañemos, desgraciadamente, muchos de nuestros chicos no llegarán a Tokio).
 
2) Porque si vuelve a sonar la flauta y nuestros jugadores nos demuestran, una vez más, que son capaces de llegar al podio a pesar de todo y de todos (léase Scariolo), ¿cómo nos libraremos del italiano? Dirán algunos que para qué vamos a librarnos de él si, al final, aunque sea a trancas y barrancas, ganamos, pero yo vuelvo a defender lo que ya dije en septiembre de 2011: se puede ganar o se puede perder, pero hay que saber hacer ambas cosas. Con Scariolo sólo sabemos sufrir y yo lo único que quiero, lo único que pido, es que los jugadores vuelvan a divertirse sobre la cancha de baloncesto. Se lo merecen. Nos lo merecemos.
 
Sé que es imposible, que ni siquiera alguien que sabe lo que es jugar constreñido por el pétreo corsé que Scariolo impone a quienes se encuentran a sus órdenes se atreverá a quemar las naves sin haber aún perdido la batalla, pero necesito que nuestros chicos vuelvan a sonreír, antes de que sea demasiado tarde, y eso pasa por poner de patitas en la calle al engominado que nos amarga la existencia.
 
 

martes, 6 de septiembre de 2011

España 57-Turquía 65

Hubo un tiempo en el que yo disfrutaba viendo jugar a nuestra selección de baloncesto. No teníamos a los mejores jugadores del mundo, pero fuimos campeones del mundo; porque, a diferencia de EEUU, sí teníamos el mejor equipo del mundo.

Dicen las malas lenguas que ganamos gracias a Gasol, pero Pau no jugó la final. Todos dudaban de ellos la noche anterior al partido del todo o nada frente a una siempre correosa Grecia, plagada de mastodontes capaces de borrar de un soplido a nuestros, a su lado, escuchimizados chicos. Pero ellos no dudaron. Con nuestro jugador insignia sentado en el banquillo, sus lugartenientes saltaron a la pista sin ningún tipo de miedo o complejo, convencidos de que a la enésima va la vencida y de que, después de tantos y tantos años rozándola con la punta de los dedos, en esta ocasión la gloria no les sería esquiva.

Se puede ganar y se puede perder, pero lo importante es saber hacer ambas cosas y los nuestros no sólo ganaron, sino que inscribieron sus nombres en la historia del baloncesto con letras de platino. No sé con qué disfruté más, si con el partido lleno de seriedad, coraje e ideas claras o con la celebración pletórica de la épica victoria. Y es que si los españoles fueron una piña dentro de la cancha de baloncesto, lo fueron aún más fuera de ella. Y como la piña que eran festejaron un campeonato mundial que unas semanas antes se antojaba más utópico que real.

Luego vino el subcampeonato de Europa de Madrid. Dicen las malas lenguas que a los nuestros les pudo la presión de jugar en casa y que Pepu no supo gestionar adecuadamente a sus jugadores. Como dije antes, yo pienso que se puede ganar y se puede perder, pero lo importante es saber hacer ambas cosas y los nuestros perdieron ante la siempre temible Rusia después de que Pau fallara un tiro sobre la bocina que, de haber entrado, nos habría proclamado campeones de Europa. ¿Fracaso? Yo más bien lo considero mala suerte. ¿Que Pepu se equivocó al dejar que el Gasol más fallón de los últimos tiempos se jugara el tiro decisivo? No lo dudo, pero ¿quién habría dejado que otro se jugara las habichuelas? Sí, perdimos en casa, pero luchamos hasta el final y los jugadores digirieron la inesperada derrota en piña, como siempre. Todos enjugaron las lágrimas de rabia de Pau y le defendieron con uñas y dientes ante los medios de comunicación. Si un año antes se repartieron la victoria a partes iguales, en esta ocasión hicieron lo mismo con el dolor de la derrota y todo resultó más soportable.

Entonces ese cáncer llamado José Luis Sáez decidió que nuestra selección era un barco que navegaba solo, una máquina perfectamente engrasada capaz de funcionar sin ningún tipo de dirección, lo que le permitía prescindir de Pepu aduciendo mil mentiras encadenadas que, a día de hoy, aún hay gente que se cree a pie juntillas. Fichó a un ya pasado de rosca Aíto García Reneses y nos vendió la moto de que nuestra selección se proclamaría campeona olímpica aunque estuviera entrenada por un chimpancé.

Pero desaparecido el mago, desapareció la magia. Teníamos mejores jugadores que en Japón y que en Madrid, pero el equipo era peor. La piña comenzaba a resquebrajarse. La fe desaparecía en los momentos en que más la necesitábamos y el caos se adueñaba del juego de nuestra selección con demasiada frecuencia. Aún así, nos llevamos la medalla de plata poniendo en serios aprietos a la nueva versión del Dream Team. La sombra de Pepu era alargada y todos creímos que esa derrota era una victoria.

Entonces llegó Scariolo, primer seleccionador extranjero y entrenador en activo en Rusia. Pepu, al que Sáez había dado la patada debido a los insistentes rumores que hacían sonar su nombre como próximo entrenador del Unicaja, continuaba en el paro. Aíto era quien estaba en Málaga. La exclusividad necesaria para encargarse de la selección española de baloncesto ya no era tan necesaria. Paradojas de la vida.

Y así llegamos a Polonia y yo dejé de divertirme viendo jugar a nuestra selección de baloncesto. Irónicamente, nos proclamamos campeones de Europa por primera vez en nuestra historia. Dicen las malas lenguas que Scariolo no será tan malo si logró hacerse con el oro. Cualquiera que entienda algo de este deporte sabrá que nuestra selección se proclamó campeona a pesar del italiano y no gracias a él. Desgraciadamente, en el mundial de Turquía los nuestros no tuvieron fuerzas suficientes para enfrentarse a sus rivales y a sus propios fantasmas. Ni siquiera olimos las medallas. Scariolo dijo que las expectativas generadas en torno a nuestra selección eran excesivamente grandes. De repente no éramos tan buenos. Total, sólo nos avalaban un mundial, un subcampeonato de Europa, una medalla olímpica de plata y un campeonato de Europa.

Dicen las malas lenguas que nuestra selección, ésa que ganó a Grecia con Pau en el banquillo, se reduce a Gasol y que sin él nunca llegaremos a nada. Lo malo es que esas malas lenguas, después de lo de ayer, tienen un argumento más a favor de su estúpida teoría; olvidándose de que, desde que el italiano dirige al conjunto español, ya no somos un equipo, sino un conjunto de grandes jugadores que corren de un lado al otro de la cancha, tiran, rebotean, pasan y defienden sin orden ni concierto, tratando de hacer lo que los entrenadores de sus equipos les han enseñado a lo largo de la temporada, sin darse cuenta de que están en otro lugar, en otras circunstancias y con otros compañeros. No, con Pau o sin Pau ya no somos un equipo. Ya no disfruto viendo jugar a nuestra selección de baloncesto.

Lo de ayer pudo haber ocurrido en la primera jornada, cuando necesitamos 29 puntos de Pau para ganar a una endeble Polonia. Entonces las malas lenguas dijeron que ganamos gracias al liderazgo de Gasol y Navarro, menospreciando al resto de jugadores de nuestra selección, como si uno por uno no fueran notablemente superiores a los miembros del combinado polaco. No, señoras y señores, no nos engañemos, el problema no es que nuestra selección se reduzca a Gasol; sino que, igual que en Turquía, ninguno de los miembros del equipo sabe a qué juega el equipo, porque simplemente no hay estrategia ninguna, ni sistemas defensivos, ni de ataque, ni piña, ni espíritu, ni fe.

Las malas lenguas podrán seguir diciendo que perdimos porque Pau estaba lesionado y no jugó. Yo creo que lo hicimos porque nuestro seleccionador no fue capaz de realizar ningún cambio efectivo en el último cuarto, permitiendo que nos ancláramos en los 57 puntos desde casi el comienzo del último periodo. No pidió tiempo muerto hasta que ya nos habían adelantado en el marcador, no utilizó a Claver ni a San Emeterio en todo el encuentro y se jugó el ser o no ser con un tiro de un cada vez menos acertado Ricky Rubio.

A falta de dos minutos sabía de sobra cuál sería el desenlace. Ya había visto esta película antes, demasiadas veces desde que Scariolo honra nuestro banquillo con su trasero. Y seguirá haciéndolo, porque a Sáez le sale de los huevos o porque puede que volvamos a ganar a pesar del italiano. La sombra de Pepu es alargada y aún quedan muchos miembros de los doce magníficos de Japón.

No sé qué pasará mañana, pero espero no ver más celebraciones como la de los turcos. Se puede ganar o se puede perder, pero hay que saber hacer ambas cosas y nosotros hace mucho que no perdemos dignamente y, sobre todo, que no somos una piña. Sería una pena que los mejores jugadores españoles de todos los tiempos murieran aplastados por el capricho de Sáez de someterlos al desnortado Scariolo. También es triste ganar a pesar de tu seleccionador. Lo siento, pero ya no disfruto viendo jugar a nuestra selección de baloncesto. Quizá con un chimpancé al frente, todo sería mejor.


miércoles, 9 de febrero de 2011

Premios Laureus

Cada vez creo menos en los premios. La enorme subjetividad que los acompaña suele suponer que los premiados nunca coincidan con mis favoritos. Aunque, de vez en cuando, existen algunas excepciones. No sabría decir si Rafa Nadal ha sido el mejor deportista masculino de este año, pero no me cabe duda de que es uno de los grandes de todos los tiempos. Lo de la selección española de fútbol imagino que también resulta bastante justo. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que el esfuerzo del gigantesco Rossi por superar su gravísima lesión y no tirar por la borda toda la temporada, reapareciendo en un tiempo récord y logrando resultados más que dignos e incluso alguna victoria, a pesar del permanente dolor en su hombro y en su pierna, merece el mayor de los reconocimientos, pues son pocos los deportistas con el coraje, el valor, la fortaleza física y psíquica y la sed de triunfo que se necesitan para ello. Un 11 para Valentino y un 10 para los Laureus por saber reconocerlo.