Me gustan los deportes objetivos, aquéllos en los que no cabe duda de quién ha ganado y quién ha perdido y, sin embargo, siempre existen excepciones, como la gimnasia artística o la natación sincronizada. Me enamoré de la primera de la mano de Nemov y Jesús Carballo, de Khorkina y Esther Moya. En cuanto a la segunda disciplina... qué decir de la segunda. Yo también quedé obnubilada por la perfección técnica de las rusas, hasta que aparecieron dos mujeres que me demostraron que este deporte consiste en algo más que la milimétrica coordinación de movimientos acuáticos. Sus nombres son de sobra conocidos: Virginie Dedieu y Gemma Mengual. Estas dos sirenas certificaron que la natación sincronizada hay, ante todo, que sentirla y ellas lo hicieron, tanto en solitario como con sus diferentes compañeras de dúo y equipo, emocionando a un público que no estaba acostumbrado a la pasión que destilaban sus ejercicios. A veces fue difícil que las juezas valoraran adecuadamente sus esfuerzos (al menos en el caso español), pero los espectadores siempre lo tuvieron bastante claro.
Ayer tuvimos la suerte de poder disfrutar de los últimos aletazos olímpicos de la gran Gemma, que con 39 años y dos hijos a sus espaldas demostró, una vez más, que quien quiere puede, quedando quinta junto a su compañera Ona Carbonell en el Dúo de Río 2016. Dicen que se van contentas por el trabajo realizado y el cariño recibido. Yo creo que deben sentirse orgullosas porque, una vez más, fueron fieles a sí mismas, presentando el ejercicio que ellas sentían que debían hacer, en lugar del que las juezas deseaban ver. Pusieron toda la carne en el asador y, aunque no obtuvieran el ansiado metal, sí que consiguieron el aplauso de un público rendido al arte que ambas destilan cada vez que se tiran a la piscina.
Puede que sean las últimas Olimpiadas de Gemma, pero lo que esta mujer ha hecho por este deporte perdurará para siempre en el recuerdo de los que pudimos disfrutar de su entrega y dedicación a una disciplina cuya valoración subjetiva no siempre le ha granjeado la recompensa que se merecía.
En cuando a Ona, espero que aún siga regalándonos durante unos cuantos años más momentos como el de ayer, hasta que todos se convenzan de que la impresión artística debe ser valorada en la misma medida que la precisión técnica, hasta que todos entiendan que la natación sincronizada sin alma es sólo un cuerpo vacío de sentido, hasta que todos acepten que sin pasión no puede ni debe haber gloria.
Por mi parte, sólo puedo agradecer a nuestras dos pequeñas genios su esfuerzo, dedicación y amor por este deporte. No sé si os merecíais el bronce, pero sí un pedestal en el que colocar vuestras sonrisas, las mismas que conseguisteis dibujar en nuestras caras, ayer y tantas otras veces. Se os quiere (mucho) y se os admira aún más. No cambiéis nunca.



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