Ayer España volvió a jugar como un equipo y no como una suma de extraordinarias individualidades, pero, sobre todo, nuestros jugadores se divirtieron (mucho), tanto que casi lloro. Desde que Pepu Hernández fue cesado como seleccionador no había visto nada igual. Hemos tenido la suerte de asistir a muchos partidos brillantes de nuestra selección (también a otros no tan brillantes), pero a ninguno en el que España se (me) gustara tanto como ayer.
No me entendáis mal. Sigo pensando que habría que poner a Scariolo de patitas en la calle (¿por qué no deja descansar a Gasol hasta que ganamos de 30 puntos y tiene molestias en el gemelo? ¿por qué no saca a la pista a dos jugadorazos como Calderón y Abrines? y un largo etcétera en el que no tiene sentido entrar ahora), pero si anoche me lo hubiera cruzado por la calle le habría abrazado muy fuerte en agradecimiento por dejar a los jugadores a su aire. Y es que he aquí el quid de la cuestión: yo estaba equivocada, este barco navega solo, sin necesidad de timonel que fije el rumbo. Es absurdo, pero cierto: algunos jugadores saben dirigirse solos.
¿Por qué no lo hicieron desde el principio? No lo sé. Puede que, igual que hiciera José Luis Sáez cuando estábamos contra las cuerdas en el Europeo de Polonia de 2011, el nuevo presidente de la FEB haya tenido una amigable charla con el de Brescia para pedirle amablemente que dé más libertad a sus jugadores o puede que éstos se hayan tomado dicha libertad por su cuenta y riesgo. ¿Acaso importan los motivos cuando es tan bueno el resultado? Ojo, que no hablo sólo del marcador final, sino del juego, de la inusitada fluidez de nuestro ataque y la espartana defensa que acabó borrando del mapa a una desconcertada Francia (la cara de Parker lo decía todo).
Y así llegamos al partido de mañana. Otro ser o no ser (¿cuántos van ya?). Al otro lado del ring, los siempre temibles EEUU. ¿Podremos por fin conseguir que muerdan la lona? Sinceramente, no lo sé. En Londres estuvimos a punto de derrotar a una selección americana mucho más temible que la actual (aguantamos tres cuartos y medio, todo un logro), pero el Coco siempre será el Coco y éste me ha provocado ya demasiadas pesadillas como para no tenerle miedo.
La cuestión fundamental, no obstante, es qué España veremos mañana: la desnortada de Scariolo o la de los jugones que pasan de su seleccionador. En el primer caso, no tenemos nada que hacer. En el segundo, el cielo es nuestro límite, independientemente de cuál sea el resultado final. Esta irrepetible generación de jugadores se merece un oro olímpico, pero, por desgracia, no siempre existe justicia en este mundo. Podemos ganar o podemos perder, pero lo importante es la forma en que lo hagamos y estoy segura de que nuestros chicos no quieren despedirse de los Juegos de Río de la penosa forma en que ayer lo hizo Francia, sino que lucharán hasta el final para convertir en realidad el sueño que llevan persiguiendo desde hace tanto tiempo. De lo que no me cabe ninguna duda es de que algún día diremos orgullosos a nuestros nietos: Yo vi jugar a esta selección de baloncesto y fue mágico.





