
Y, finalmente, lo hicieron. Se saltaron todos los pronósticos, reventaron las estadísticas más adversas y rompieron una maldición que ha pesado sobre sus cabezas durante casi dos décadas. No se trata sólo de la victoria frente al eterno rival en casa del eterno rival. Tampoco es importante haber deshecho su empate en este tipo de títulos. Lo único relevante fue la forma de conseguirlo.
Antes de Laso, en cuanto los merengues veían una camiseta blaugrana, comenzaban a temblar. Ayer quienes temblaban eran los culés. No entiendo las causas de esta fascinante metamorfosis, pero sé que el único culpable se llama Pablo. Es un defecto que tengo, siempre culpo al entrenador de lo malo y le adjudico lo bueno. Si los protagonistas son los mismos y sólo ha cambiado la cabeza que cavila sobre el banquillo creo que la única explicación lógica es adjudicar a tal testa el mayor mérito que puede atribuirse un entrenador: conseguir que sus jugadores crean en ellos mismos y jueguen como un equipo.
Sí, el Madrid, ayer, no le dio al Barça ni una sola oportunidad. Los blancos se llevaron el primer balón del encuentro y lideraron en todo momento el marcador. Podría hablar de los triples de Llull y de Carroll, pero sería engañoso. La victoria del Madrid comenzó con una férrea defensa, una lucha a muerte por cada pelota, apretando con saña entre los dientes el cuchillo más afilado con el que podían haber soñado los merengues: la humillación ante tu público, lo que ellos mismos habían sufrido el año anterior.
Mereció la pena esperar tanto tiempo sólo para contemplar cómo enmudecía un Palau hasta la bandera. Y todo a base de defensa y triples, de ese baloncesto sumamente ofensivo que se construye desde atrás, pero que sólo parece mirar hacia delante, un baloncesto que con 91 puntos aún consigue ganar por 15.
Enorme decepción de los aficionados culés. Navarro, una vez más, convertido en una sombra de sí mismo, por mucho que se empeñe en afirmar que está totalmente recuperado de su fascitis plantar. El resto del equipo, corriendo de un extremo a otro de la cancha sin orden ni concierto y rezando para que la paliza no terminara de ser histórica. Si no hubiera sido, nuevamente, por los triples de Lorbek y la magistral defensa de Ndong no quiero ni pensar en cómo habría acabado la cosa.
La reacción del Barça en el segundo cuarto, llegando a colocarse a un solo punto de distancia, fue sólo un espejismo que se esfumó antes de que pudiéramos terminar de admirarlo. Y es que Llull estaba siempre ahí para poner las cosas en su sitio. No pensaba volver a la capital sin el trofeo y lo dio todo para conseguirlo. Él y Carroll demostraron que el Madrid puede ganar títulos sin Rudy, porque ya cuenta en sus filas con dos de los pistoleros más rápidos del Oeste.
19 años después, la Copa del Rey de baloncesto regresa a Madrid y tengo la impresión de que éste puede ser el primero de una interminable serie de títulos. Ojalá no me equivoque.
En cualquier caso, quiero dar las gracias a una plantilla excepcional desde el punto de vista tanto humano como deportivo; pero, sobre todo, a Pablo Laso, por devolvernos a lo más alto a base de fe, coraje y trabajo duro. Ya es oficial: me he convertido en fan incondicional.


