martes, 6 de septiembre de 2011

España 57-Turquía 65

Hubo un tiempo en el que yo disfrutaba viendo jugar a nuestra selección de baloncesto. No teníamos a los mejores jugadores del mundo, pero fuimos campeones del mundo; porque, a diferencia de EEUU, sí teníamos el mejor equipo del mundo.

Dicen las malas lenguas que ganamos gracias a Gasol, pero Pau no jugó la final. Todos dudaban de ellos la noche anterior al partido del todo o nada frente a una siempre correosa Grecia, plagada de mastodontes capaces de borrar de un soplido a nuestros, a su lado, escuchimizados chicos. Pero ellos no dudaron. Con nuestro jugador insignia sentado en el banquillo, sus lugartenientes saltaron a la pista sin ningún tipo de miedo o complejo, convencidos de que a la enésima va la vencida y de que, después de tantos y tantos años rozándola con la punta de los dedos, en esta ocasión la gloria no les sería esquiva.

Se puede ganar y se puede perder, pero lo importante es saber hacer ambas cosas y los nuestros no sólo ganaron, sino que inscribieron sus nombres en la historia del baloncesto con letras de platino. No sé con qué disfruté más, si con el partido lleno de seriedad, coraje e ideas claras o con la celebración pletórica de la épica victoria. Y es que si los españoles fueron una piña dentro de la cancha de baloncesto, lo fueron aún más fuera de ella. Y como la piña que eran festejaron un campeonato mundial que unas semanas antes se antojaba más utópico que real.

Luego vino el subcampeonato de Europa de Madrid. Dicen las malas lenguas que a los nuestros les pudo la presión de jugar en casa y que Pepu no supo gestionar adecuadamente a sus jugadores. Como dije antes, yo pienso que se puede ganar y se puede perder, pero lo importante es saber hacer ambas cosas y los nuestros perdieron ante la siempre temible Rusia después de que Pau fallara un tiro sobre la bocina que, de haber entrado, nos habría proclamado campeones de Europa. ¿Fracaso? Yo más bien lo considero mala suerte. ¿Que Pepu se equivocó al dejar que el Gasol más fallón de los últimos tiempos se jugara el tiro decisivo? No lo dudo, pero ¿quién habría dejado que otro se jugara las habichuelas? Sí, perdimos en casa, pero luchamos hasta el final y los jugadores digirieron la inesperada derrota en piña, como siempre. Todos enjugaron las lágrimas de rabia de Pau y le defendieron con uñas y dientes ante los medios de comunicación. Si un año antes se repartieron la victoria a partes iguales, en esta ocasión hicieron lo mismo con el dolor de la derrota y todo resultó más soportable.

Entonces ese cáncer llamado José Luis Sáez decidió que nuestra selección era un barco que navegaba solo, una máquina perfectamente engrasada capaz de funcionar sin ningún tipo de dirección, lo que le permitía prescindir de Pepu aduciendo mil mentiras encadenadas que, a día de hoy, aún hay gente que se cree a pie juntillas. Fichó a un ya pasado de rosca Aíto García Reneses y nos vendió la moto de que nuestra selección se proclamaría campeona olímpica aunque estuviera entrenada por un chimpancé.

Pero desaparecido el mago, desapareció la magia. Teníamos mejores jugadores que en Japón y que en Madrid, pero el equipo era peor. La piña comenzaba a resquebrajarse. La fe desaparecía en los momentos en que más la necesitábamos y el caos se adueñaba del juego de nuestra selección con demasiada frecuencia. Aún así, nos llevamos la medalla de plata poniendo en serios aprietos a la nueva versión del Dream Team. La sombra de Pepu era alargada y todos creímos que esa derrota era una victoria.

Entonces llegó Scariolo, primer seleccionador extranjero y entrenador en activo en Rusia. Pepu, al que Sáez había dado la patada debido a los insistentes rumores que hacían sonar su nombre como próximo entrenador del Unicaja, continuaba en el paro. Aíto era quien estaba en Málaga. La exclusividad necesaria para encargarse de la selección española de baloncesto ya no era tan necesaria. Paradojas de la vida.

Y así llegamos a Polonia y yo dejé de divertirme viendo jugar a nuestra selección de baloncesto. Irónicamente, nos proclamamos campeones de Europa por primera vez en nuestra historia. Dicen las malas lenguas que Scariolo no será tan malo si logró hacerse con el oro. Cualquiera que entienda algo de este deporte sabrá que nuestra selección se proclamó campeona a pesar del italiano y no gracias a él. Desgraciadamente, en el mundial de Turquía los nuestros no tuvieron fuerzas suficientes para enfrentarse a sus rivales y a sus propios fantasmas. Ni siquiera olimos las medallas. Scariolo dijo que las expectativas generadas en torno a nuestra selección eran excesivamente grandes. De repente no éramos tan buenos. Total, sólo nos avalaban un mundial, un subcampeonato de Europa, una medalla olímpica de plata y un campeonato de Europa.

Dicen las malas lenguas que nuestra selección, ésa que ganó a Grecia con Pau en el banquillo, se reduce a Gasol y que sin él nunca llegaremos a nada. Lo malo es que esas malas lenguas, después de lo de ayer, tienen un argumento más a favor de su estúpida teoría; olvidándose de que, desde que el italiano dirige al conjunto español, ya no somos un equipo, sino un conjunto de grandes jugadores que corren de un lado al otro de la cancha, tiran, rebotean, pasan y defienden sin orden ni concierto, tratando de hacer lo que los entrenadores de sus equipos les han enseñado a lo largo de la temporada, sin darse cuenta de que están en otro lugar, en otras circunstancias y con otros compañeros. No, con Pau o sin Pau ya no somos un equipo. Ya no disfruto viendo jugar a nuestra selección de baloncesto.

Lo de ayer pudo haber ocurrido en la primera jornada, cuando necesitamos 29 puntos de Pau para ganar a una endeble Polonia. Entonces las malas lenguas dijeron que ganamos gracias al liderazgo de Gasol y Navarro, menospreciando al resto de jugadores de nuestra selección, como si uno por uno no fueran notablemente superiores a los miembros del combinado polaco. No, señoras y señores, no nos engañemos, el problema no es que nuestra selección se reduzca a Gasol; sino que, igual que en Turquía, ninguno de los miembros del equipo sabe a qué juega el equipo, porque simplemente no hay estrategia ninguna, ni sistemas defensivos, ni de ataque, ni piña, ni espíritu, ni fe.

Las malas lenguas podrán seguir diciendo que perdimos porque Pau estaba lesionado y no jugó. Yo creo que lo hicimos porque nuestro seleccionador no fue capaz de realizar ningún cambio efectivo en el último cuarto, permitiendo que nos ancláramos en los 57 puntos desde casi el comienzo del último periodo. No pidió tiempo muerto hasta que ya nos habían adelantado en el marcador, no utilizó a Claver ni a San Emeterio en todo el encuentro y se jugó el ser o no ser con un tiro de un cada vez menos acertado Ricky Rubio.

A falta de dos minutos sabía de sobra cuál sería el desenlace. Ya había visto esta película antes, demasiadas veces desde que Scariolo honra nuestro banquillo con su trasero. Y seguirá haciéndolo, porque a Sáez le sale de los huevos o porque puede que volvamos a ganar a pesar del italiano. La sombra de Pepu es alargada y aún quedan muchos miembros de los doce magníficos de Japón.

No sé qué pasará mañana, pero espero no ver más celebraciones como la de los turcos. Se puede ganar o se puede perder, pero hay que saber hacer ambas cosas y nosotros hace mucho que no perdemos dignamente y, sobre todo, que no somos una piña. Sería una pena que los mejores jugadores españoles de todos los tiempos murieran aplastados por el capricho de Sáez de someterlos al desnortado Scariolo. También es triste ganar a pesar de tu seleccionador. Lo siento, pero ya no disfruto viendo jugar a nuestra selección de baloncesto. Quizá con un chimpancé al frente, todo sería mejor.