martes, 15 de marzo de 2011

¿La dimisión de Messina?




Que Messina nunca fue santo de mi devoción es algo notorio y palmario. Bueno, miento. En un primer momento, nada más anunciarse su fichaje por el Real Madrid de baloncesto, mi entusiasmo y optimismo se dispararon hasta el infinito y más allá. El palmarés del italiano lo avalaba como la gran esperanza del madridismo y sus acertadas declaraciones tras los primeros encuentros pronto me convirtieron en su fan más incondicional.

Desgraciadamente, mis simpatías pueden llegar a ser excesivamente volubles y no tardé demasiado en darme cuenta de que algo olía a podrido en Dinamarca. No fueron sólo las debacles frente al omnipotente Barça, ni la ausencia no ya de títulos, sino hasta de finales. En realidad, lo que me hizo desconfiar del celebérrimo Ettore fue su incapacidad para manejar el tempo de los partidos y adaptarse a los cambios de guión, su persistencia en no pedir tiempo muerto hasta que el abismo en el marcador se hubiera convertido en insalvable, las ruletas rusas de cambios sin orden ni concierto y, sobre todo, la destrucción moral de los jugadores más aguerridos a base de miradas asesinas y castigos en forma de encadenamientos al banquillo.

Luego vinieron los balones fuera (éste es un equipo de futuro al que no se le pueden exigir títulos a corto plazo, etc, etc) y los comentarios chulescos a la prensa. Se había fichado poco, pero bien. El equipo estaba realizando una gran temporada, pero seguía siendo irregular y arrodillándose ante el Barça. Entonces llegó la Copa del Rey y, por primera vez en lo que va de campaña, la cosa cambió. El equipo blanco no sólo llegó a la final, sino que fue capaz de plantarle cara a los culés, tirando de casta y amor propio y de una fe perdida hace mucho tiempo. No obstante, el resultado fue el de siempre. Otra oportunidad perdida. Otro rosco en el palmarés merengue. La perpetuación de la maldición copera. Sergio Rodríguez no se quedó para ver la celebración de su derrota. Carlos Suárez a punto estuvo de esconder su rabia en el vestuario antes de lo considerado como políticamente correcto. Sus cabreos me hicieron más soportable el amargo momento. Comenzaba a atisbar cierta luz al final del túnel.

Sin embargo, otra fue la historia que sobrevino. Derrota ante el Power Electronics en Valencia, después ante el Blancos de Rueda en Valladolid y, para rematar la faena, humillación en casa ante el Montepaschi. Todo ello con Garbajosa apartado del equipo para fichar a Begic y, después, anclar al esloveno al banquillo, bien acompañado por Vidal y Velickovic, entre otros damnificados.

Quien quiera un análisis pormenorizado de las razones que llevaron a Messina a dimitir puede consultar este interesante artículo . Las explicaciones de Ettore fueron pobres e incoherentes, llenas de mentiras que ocultaban una única verdad: el divorcio total y absoluto entre los jugadores blancos y el entrenador italiano.



Manel Comas dijo en la retransmisión del partido ante el Joventut que había sido muy honesto por parte de Messina reconocer que era incapaz de sacar al equipo adelante y renunciar a lo que le restaba de contrato con la esperanza de que otro, en este caso, su segundo de a bordo, fuera capaz de llevar a los merengues a buen puerto. Supongo que toda dimisión es honesta, pero cuando se disfraza de dimisión lo que no es más que una rebelión del vestuario, apoyada por la dirección deportiva (léase Valdano, Juan Carlos Sánchez y Alberto Herreros) la honestidad deja paso a la cobardía del capitán que abandona el barco antes de que éste termine de hundirse y, sobre todo, antes de que los amotinados le corten la cabeza y la ensarten en el mástil más cercano.

Por supuesto, un ególatra como el italiano no pudo irse por la puerta de atrás y sin hacer ruido. Decidió convertirse en una víctima de la indeseable prensa española y en un mártir que se inmola para salvar a sus discípulos. Ésos a los que tantas veces había abroncado, despreciado, castigado, humillado y fulminado con la mirada. Ésos a los que, según cuentan las malas lenguas, mandó a tomar por culo justo antes de anunciar su dimisión.

Lo siento, pero no cuela. No hubo nada noble en la salida de Ettore, por muy agradecidos que nos sintamos los madridistas. Y es que no debemos de olvidar que fueron los jugadores los que nos libraron del yugo del dictador italiano. A veces, las revoluciones triunfan e instauran un orden más justo. Otro italiano ocupa ahora el banquillo, pero no son italianos los que mandan en la cancha ni fuera de ella. Veamos si son capaces de autogobernarse.